El ultraderechista Canciller israelí, Avigdor Lieberman, se ha convertido en el “infante terrible” del gobierno de Benjamín Netanyahu. No solo conduce con su iracundo estilo las relaciones exteriores de Israel, sino que se permite también trazar pautas a las principales directrices de la política interna del Estado sionista, en contraposición a su primer ministro.
Su prepotencia, y públicos desplantes políticos, se han hecho notorios y acumulan un largo expediente de desafueros verbales dentro y fuera de Israel.
Uno de sus últimos desaguisados se produjo durante un reciente encuentro con sus homólogos español y francés, Miguel Ángel Moratinos y Bernard Kouchner, respectivamente, a quienes conminó a “atender los problemas de Europa” antes de dar lecciones a Israel en el proceso de paz del Oriente Medio.
El propio Lieberman se encargó de filtrar a medios de prensa la aseveración hecha a sus dos invitados durante una cena celebrada a puerta cerrada.
No es la primera vez que Avigdor Lieberman, abiertamente opuesto al proceso de paz, desata una tormenta con sus intempestivas declaraciones.
El pasado 28 de septiembre cundieron sobre él las peticiones de dimisión cuando en su intervención ante la Asamblea General de la ONU presentó su visión personal sobre la necesidad de intercambiar poblaciones y territorios como parte de un posible acuerdo con los palestinos, y aseverar que no habrá paz “ni en el plazo de un año, ni una generación”.
Sobre sus apreciaciones el diario Haaretz, en un incendiario editorial, señalo: “en un país sano con un primer ministro que se respete a sí mismo, Lieberman habría sido despedido en ese mismo momento, vía fax”.
El Canciller, nacido Moldavia en 1958, llegó a Israel con 20 años, estudió Ciencias Políticas en la Universidad Hebrea de Jerusalén y se catapultó a planos relevantes en la política israelí y devino pieza clave en el gobierno de Netanyahu, cuando su partido ultranacionalista, Yisrael Beitenu, obtuvo 15 escaños en las elecciones legislativas de febrero del 2009, y pasó a convertirse en la segunda fuerza de la coalición.
Su más reciente victoria política se acaba de registrar cuando logró impulsar una enmienda a la Ley de Ciudadanía, aprobada por el Knesset (Parlamento) la cual obliga a declarar lealtad a Israel como “Estado judío y democrático” a todos los no judíos que quieran obtener la ciudadanía.
Según el opositor partido Kadima, Netanyahu ha terminado respaldando esa modificación, con la intención de que Lieberman ceda a que se imponga una nueva moratoria en los asentamientos, tal como EE.UU. y los palestinos exigen para salvar el proceso de paz. El jefe de la diplomacia hebrea reside con su familia en el asentamiento judío de Nokdim.
Aunque lanzado al “estrellato” en febrero del 2010, la trayectoria política de Lieberman muestra muchos puntos oscuros, pues en su segunda jornada como Ministro pasó siete horas y media siendo interrogado por la policía como sospechoso de corrupción.
Precisamente en esos momentos se multiplican las airadas reacciones adversas a sus declaraciones al diario «Haaretz» de Tel Aviv, en las que descartaba cualquier retirada israelí de los Altos del Golán, ocupados a Siria en 1967.
En otras de sus infortunados improperios llegó a afirmar que sobre la Franja de Gaza habría que lanzar una bomba nuclear con el fin de liquidar al gobierno del Movimiento de Resistencia Islámica (Hamas).
Partidario, como todos los primeros ministros que se han sucedido en Israel, del exterminio de la población palestina mediante una limpieza étnica, que no “dejara piedra sobre piedra y lo destruyera todo”, ha reclamado también bombardear a Teherán, incluidos objetivos civiles, como centros comerciales, bancos o gasolineras.
En criterio de sus opositores, que lo califican de diablo, la bárbara y grosera retórica, invariablemente racista y violenta contra los árabes, ha hecho de Lieberman lo que es hoy “un fascista, un nuevo fuhrer sionista”