Tan indecente como lo fue en su tiempo la Doctrina Monroe, sustentadora de la idea de América para los americanos del Norte, la denominada Declaración Balfour, contenida en la misiva del 2 de noviembre de 1917 del ministro de Relaciones Exteriores de Gran Bretaña, Lord Arthur James Balfour, enviada al Barón L. W. Rosthchaild, dirigente de la Organización Sionista Mundial, fue la génesis del injusto despojo de Palestina a sus históricos habitantes.
El pacto británico-sionista para el establecimiento en Palestina de un hogar nacional judío, sustentó uno de los crímenes más grandes de nuestra época, basado en la falsa teoría de “una tierra sin pueblo, para un pueblo sin tierra”.
La Declaración Balfour, allanó el camino para la aplicación parcial e incompleta de la Resolución 181 de la Asamblea General de Naciones Unidas del 29 de noviembre de 1947, que determinó la participación de Palestina en dos estados, uno hebreo y otro palestino, el cual no llegó a materializarse.
Las sucesivas guerras de rapiña territorial, llevadas a cabo por Israel, alcanzaron mayor virulencia en la desencadenada en junio de 1967, en la que los agresores sionistas completaron la ocupación de Cisjordania, la Franja de Gaza y Jerusalén Oriental, llevando a cabo en esos territorios el sistemático exterminio de la población civil palestina, el asesinato selectivo de sus dirigentes y los ilegales asentamientos de colonos, judíos.
Sesenta años después de la constitución del Estado hebreo y con el respaldo económico, militar y político del gobierno de Estados Unidos, Tel Aviv prosigue conculcando los derechos inalienables del pueblo palestino, representados en la constitución de un Estado soberano e independiente, con Jerusalén oriental como capital, la liberación de los miles de prisioneros en cárceles israelíes y el retorno de sus millones de refugiados dispersos por el mundo, que propiciara, hace 91 años, la conjura del colonialismo británico y el sionismo mundial.
*Periodista cubano
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