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Israel, pretensión de Vaticano judío
Por: Juan Dufflar Amel
30 de julio 2018

Si existiera la rama especializada de patología política, el Estado de Israel sería diagnosticado como un tumor maligno y progresivo en el Oriente Medio, que se fue desarrollando a partir de la Declaración de Balfour en 1917 y expandiendo por la región desde su implantación en 1948, después de la partición de Palestina.

Consumando la estrategia expansionista y racista que sustenta la ideología del régimen sionista, durante setenta años Israel ha ido transformado el mapa geográfico y político del Oriente Medio, ocupando militarmente y colonizando los territorios palestinos, las estratégicas alturas sirias del Golán y las denominadas Granjas de Sheba de Líbano.

Ante la pasividad e ineficacia del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas para ponerles coto, la limpieza étnica, la brutal represión contra la población palestina, los indiscriminados asesinatos de hombres, mujeres y niños y el encarcelamiento de miles de civiles, son hechos cotidianos en la Franja de Gaza y Cisjordania.

A este nefasto panorama se añade ahora la aprobación por el Knesset (parlamento israelí) de un proyecto de ley que define a Israel como Estado Nación judío, antecedido por la proclamación de Jerusalén como su capital eterna, única e indivisible, que incrementan la espiral de extrema violencia de la ocupación israelí, después de más de 20 años de inútiles negociaciones de paz.

La controvertida ley es otro intento de destruir la identidad árabe-palestina, y legitimar las políticas de Apartheid en lugar de promover la paz; y afectará a casi dos millones de palestinos que poseen la ciudadanía israelí, tres millones que radican en Cisjordania, dos millones de palestinos que viven bajo el asedio militar sionista en la Franja de Gaza y más de siete millones que viven en el exilio.

El engendro promovido por el primer ministro Benjamín Netanyahu, entre sus puntos básicos, establece que solo los judíos tienen derecho exclusivo a la autodeterminación nacional y elimina el uso del árabe como idioma oficial, reconociendo el hebreo como único idioma oficial.

También declara la ciudad de Jerusalén como la capital del régimen de Tel Aviv y apoya la construcción y ampliación de los asentamientos coloniales judíos.

Según informaciones de diversos medios de prensa, los diputados árabes agrupados en la Lista Árabe Conjunta, representante de la minoría palestina con ciudadanía israelí, la consideran una de las leyes más peligrosas que se han legislado en el Parlamento israelí, y que define a Israel como un país racista.

Con ella se consagra la separación, impuesta ya de hecho desde la implantación de Israel en territorio palestino, entre la población judía y la palestina, tratando a los palestinos como ciudadanos de segunda clase, sin derechos y susceptibles de ser expulsados del Estado sionista.

A los airados rechazos y críticas de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), que califica la ley de racista por excelencia y licencia para continuar la colonización de sus territorios, se suman Estados árabes, partidos políticos, organizaciones no gubernamentales, sectores de la población israelí, países miembros de la Unión Europea y de la comunidad internacional.

En este entorno de convulsa confrontación, en la Franja de Gaza prevalece una grave crisis humanitaria provocada por el bloqueo impuesto por Israel, que la mantiene sitiada por aire, mar y tierra y asfixiada por la falta de alimentos, agua, combustibles, energía eléctrica y medicamentos, y por los asesinatos de jóvenes palestinos que se manifiestan contra la ocupación y por el derecho de los refugiados al retorno.

La política belicista e injerencista aplicada por Israel en la región mesoriental y su pretensión de convertirse en el Vaticano judío, respaldada por su fiel aliado Estados Unidos y su presidente Donald Trump, enfrenta la oposición y resistencia del heroico pueblo palestino, de Siria, Líbano, Irak, Irán, y la Liga de Estados Árabes, objetos de sus agresiones y provocaciones, lo que puede conllevar a una nueva conflagración de tan bastas proporciones que incluiría a su propio territorio, porque todo el que juega con fuego, se puede quemar las manos.

 

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