Si existe una sola actitud de la cual no puede ser reprochado el primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, es la de ser consecuente con su ideología sionista, de tanta semejanza con la del fascismo.
La soberbia conducta del jefe de la ultraderechista coalición política del gobierno de Tel Aviv confirma un peculiar concepto de equidad, plenamente alineado con sus intereses políticos, de ahí su iracundo rechazo al incriminador informe de Naciones Unidas, presentado por el jurista sudafricano Richard Goldstone.
En la investigación del organismo mundial se acusa a Israel de crímenes de guerra durante su agresión militar a la Franja de Gaza, en diciembre y enero pasados, causante de la muerte de mil 400 civiles palestinos, incluidos 350 niños, y de cinco mil heridos., además de la parcial devastación de la ciudad.
Frente a semejantes evidencias, el líder del Partido Likud, no sólo calificó de falaz y tendencioso el documento, sino que en su paroxismo instruyó a órganos de su gobierno a desatar una campaña mundial con vistas a modificar las leyes internacionales sobre la guerra, para adaptarlas a la”proliferación global del terrorismo”, fórmula mediante la cual trata de justificar el exterminio del pueblo y la resistencia palestina.
Tronante y amenazador advirtió que su país se prepara dar una larga batalla contra el informe y anunció la adopción de medidas legales y diplomáticas contra quienes insistan en que Israel cometió crímenes de guerra ó pretendan deslegitimizar sus acciones militares en la Franja de Gaza.
La algarabía de Netanyahu y de su canciller, Avigdor Lieberman, en tornó a las acusaciones de la ONU es otro pretexto para seguir dilatando el reinicio de las negociaciones de paz con la Autoridad Nacional Palestina (ANP), en las que el gobierno sionista no tiene el menor interés.
Lo anterior puede corroborarse en las recientes declaraciones del canciller Lieberman, sobre la inexistencia de las condiciones necesarias para poner fin al conflicto a corto ó mediano plazo, y “del mucho trabajo que queda por hacer para retomar las interrumpidas negociaciones con los dirigentes de la ANP”aunque hasta el momento los supuestos esfuerzos de la diplomacia israelí para alcanzar la paz han tomado el mismo rumbo que los Acuerdos de Oslo, firmado en 1993 entre los dirigentes de las dos partes en beligerantes.
Detrás de las retóricas declaraciones otra verdad emerge con la confirmación de las verdaderas intenciones sionistas es el anuncio de la construcción de 500 nuevas viviendas para colonos judíos en el asentamiento de Pisgat Zeev, en el sector del este de Jerusalén, ocupado en 1967 por Israel durante la Guerra de los Seis Días, y el de la aprobación dada por Netanyahu para erigir otras 450 casas en las colonias de Cisjordania.
La paralización de estas ilegales construcciones y del muro segregacionista que rodea las comunidades palestinas son condiciones exigidas por la ANP para relanzar el proceso de paz.
Israel insiste en que esas medidas no incluirán la ciudad de Jerusalén, la cual reclama como su capital única e indivisible.
En desafió a las posiciones sostenidas por la Casa Blanca sobre el conflicto árabe-israelí, dadas a conocer por el presidente Barack Obama, en su discurso en la Universidad del Cairo, Egipto, el jefe del gobierno de Tel Aviv se jacta en no mostrar la menor voluntad política para una solución de paz, justa, verdadera y permanente.
Es su terca negativa a la constitución de un Estado palestino, a la liberación de miles de presos políticos, al retorno de sus millones de refugiados y a poner fin a los asentamientos de colonos judío en los territorios ocupados en Cisjordania, solicitado también por Estados Unidos.
Amparado en la paternal tolerancia de Washington e interesado en multiplicar las divergencias entre las fuerzas palestinas, Benjamín Netanyahu enfrenta al mundo con una visión ilógica, en la que solo tiene cabida un Oriente Medio, gobernado por el proyecto colonial sionista.