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EDITORIALES

 

Breve Análisis de la Situación Política Regional
 

Con la llegada a un callejón sin salida de los Acuerdos de Oslo, que pusieron en litigio a los territorios ocupados en 1967, el fracaso de las negociaciones de Camp David II, efectuadas en julio del 2000, y el desenmascaramiento de las maniobras y soluciones norteamericanas–israelíes, se desencadenó la Segunda Intifada Palestina como una reacción popular y política.

El levantamiento fue una respuesta a Oslo y su opción de soluciones parciales que se llevan a cabo fuera del marco de la Legalidad Internacional representada por las Resoluciones 242, 338, 194 y 1397 de Naciones Unidas.

Las políticas norteamericana e israelí se cruzaron y coincidieron hasta tal grado que no se puede distinguir entre una y otra en la región del Medio Oriente, tras la llegada de Ariel Sharon a la cúpula del poder en Israel y la asunción de la administración Bush, que aprovechó los acontecimientos del 11 de septiembre del 2001 para declarar su guerra universal contra el terrorismo y llevar a vías de hecho el hegemonismo, dominio y globalización estadounidenses.

Al considerar como terrorismo el legítimo derecho a la resistencia, la administración estadounidense adoptó por completo los preceptos y las concepciones políticas del gobernante Partido Likud que niegan al pueblo palestino sus derechos nacionales a la autodeterminación, al estado independiente y soberano enmarcado por las fronteras del 4 de junio de 1967, con Jerusalén como capital, y rechazan también, solucionar el problema de los refugiados, quienes representan el 64 por ciento de la población, acorde con la Resolución 194 de la ONU.

Todo eso abrió el camino ante una cobertura de Washington, dentro y fuera del Consejo de Seguridad, al gobierno de Sharon para que cerrara todas las puertas políticas y lanzara una guerra total, a lo largo de dos años contra el pueblo palestino, con todas las formas de asesinatos y destrucción y el uso de todo tipo de armamento, incluída la aviación. Esa política ocasionó la muerte de miles de ciudadanos palestinos, la destrucción semitotal de la infraestructura y la reocupación de la zona de la autonomía palestina “muy limitada por si”. También la imposición de más colonias y la aplicación de una mayor judaización en Jerusalén y Cisjordania, además de la construcción del Muro del Apartheid; o sea Israel ha ampliado la política de los hechos consumados para no dejar ninguna cabida a las soluciones basadas en las Resoluciones de la Legalidad Internacional.

Por tanto, no es de extrañar que el Estado sionista lanzara amenazas de expandir su guerra regional para que abarcara Siria, El Líbano, Irán e incluso la incursión aérea en la profundidad del territorio Sirio, que coincidan con la política norteamericana-israelí dirigida a trazar nuevamente el mapa del Medio Oriente, la laguna del petróleo mundial. Entre ambos gobiernos existe una concordancia mediante la presión militar, económica y política “de modo que permita doblegar la situación palestina y domesticarla”, asimilar Siria, El Líbano e Irán, provocar el desorden en Arabia Saudita, desgastar la energía de los países del Golfo, así como domesticar a Egipto y al Maghreb Al-Arabe.

Las reacciones de las partes vinculadas al problema del Medio Oriente son variadas con respecto a la política norteamericana-israelí. Esas actitudes van desde la resistencia, la protesta y la oposición al sospechoso silencio hasta la incapacidad declarada de los regímenes, que llegan a ser subordinados, colaboradores o partícipes directos en complicidad con la administración Bush en su agresión contra Iraq y en el plano del conflicto palestino-israelí.

Por tanto, las posiciones de las partes internacionales, dentro y fuera, del Consejo de Seguridad no pasaron de los límites del desacuerdo construido sobre la base de los intereses. Esa actitud se demostró claramente en el caso de la guerra contra Iraq, pero la situación es totalmente diferente en el tema palestino-israelí donde predomina un horroroso silencio.

A escala oficial árabe, Estados Unidos tiene presencia militar o de seguridad en la mayoría de los países, de una forma u otra, abierta o encubierta. También posee una enorme influencia política, económica y cultural y puede por consiguiente mediante ella someter, chantajear y sacarle provecho a la mayoría de las naciones árabes a favor de sus políticas tendentes a convertir la región del Medio Oriente en una zona bajo su dominio, en la que Israel ocuparía un lugar privilegiado.

No obstante, la invasión y la ocupación de Iraq no fueron recibidas con flores y rosas sino con una resistencia que comenzó muy tempranamente con una pujanza y profesionalidad que puso muy rápido al ocupante en un atolladero que se agudiza con el rápido incremento de las pérdidas humanas y materiales. En el frente israelí ocurre lo mismo, ya que la firmeza de la Intifada y la resistencia palestina a lo largo de 38 meses frente a la guerra de exterminio de Sharon, lo llevó a un callejón sin salida.

Todo esto hace que la agresión universal del imperialismo norteamericano especialmente contra el Medio Oriente esté sujeta al retroceso en su desenvolvimiento, a perder su impulso y efecto sobre la región y el Mundo. La Resistencia Iraquí, la Intifada Palestina y la oposición de algunos países árabes y de la región como Siria y El Líbano, además del peso y la influencia del movimiento popular internacional europeo y dentro de los propios Estados Unidos, debe dejar sus efectos en el conteo regresivo de las políticas universales hacia los pueblos como Cuba, Venezuela, y el resto de América Latina, así como Corea del Norte y otros.

Con el transcurso del tiempo se descubrió cuán desastrosa es la política de los sucesivos gobiernos israelíes, de represión y terrorismo contra el pueblo palestino al que niegan sus derechos e intentan doblegar mediante presiones de seguridad, económicas y sociales. Esa política está dejando sus efectos sobre la propia sociedad israelí, lo que se observa a través de la aguda crisis provocada por la firmeza de nuestro pueblo y su gran resistencia.

No obstante, el Frente Democrático para la Liberación de Palestina no ve la esperanza de alcanzar, en un futuro cercano, un arreglo o una solución balanceada, sobre la base de las resoluciones de la legalidad Internacional mientras perdure el gobierno de Sharon en el poder, que ha llevado a la sociedad israelí hacia un mayor extremismo al tiempo que los partidos de izquierda y el movimiento pacifista sufren un gran divisionismo. Todo se hace imposible a la sombra de una administración norteamericana alineada completamente a los intereses israelíes.

Washington aplica una política de doble rasero y hace siempre caso omiso a las resoluciones internacionales, a las decisiones de los órganos de la Legalidad Internacional, sus leyes, acuerdos y a la independencia de los pueblos, así como a su libertad de elegir su propio modelo de vida y desarrollo.

Hasta el momento, las soluciones de Sharon no pasan de ser parciales y de largo alcance, en las que al final se erige un Estado Palestino sobre el 42 por ciento del territorio ocupado en 1967, desprovisto de armas y de soberanía.

Por tanto, esperamos nuevas dificultades y nos preparamos para ello aunque aspiramos a una situación mejor.

En el ámbito palestino tenemos un doble problema. Por un lado, la Autoridad Nacional Palestina (ANP), que no abandonó su tendencia de la derecha y del centro de la derecha, caracterizada por el retroceso constante y la aceptación de soluciones parciales por debajo de las resoluciones de la ONU.

La ANP sigue bajo la influencia de las presiones norteamericanas e israelíes, árabes y regionales. A pesar de la experiencia de diez años, la Autoridad no aprendió las lecciones y sigue haciendo prevalecer el absolutismo en el poder, poniéndolo por encima de la necesidad de un programa de unidad nacional que conduzca a un gobierno de coalición de todos los destacamentos y fuerzas de liberación nacional para adoptar un programa negociador sobre las bases de las resoluciones de la ONU.

La crisis de la Autoridad se agudiza debido a las competencias y conflictos entre sus diferentes partes por el poder. Todo ello sucede en lugar de aunar los elementos de fuerza e impulsar la unidad nacional y fortalecer la confianza entre los diferentes destacamentos del quehacer nacional, así como mancomunar un discurso político que permita en los medios internacionales plantear nuevamente la causa del pueblo palestino y su legítimo derecho a resistir la ocupación y el colonialismo racista y sionista en aras de la libertad y la independencia al igual que los demás pueblos del mundo.

La segunda parte del problema es el estado de la oposición desarticulada debido a que la injerencia árabe y regional no le permite lograr la unidad y la unificación sobre la base de un programa político, de método y táctica que tengan en cuenta la situación y los cambios. Esa desarticulación también impide concentrar la acción armada contra la ocupación y las milicias de colonos en Cisjordania y la Franja de Gaza, poniendo fin a todas las acciones armadas contra los civiles, tanto en el campo palestino como en el israelí. Precisamente, el FDLP convoca a todas las fuerzas palestinas de izquierda y centro a practicar política de lucha.

Para nosotros, como Frente Democrático, sólo queda la opción de la Intifada y de la resistencia nacional bien encauzada contra las tropas de la ocupación y los colonos armados, y la alternativa de la paz equilibrada sobre la base de las resoluciones de la legalidad internacional. Esas son las dos opciones nacionales capaces de proteger el programa de liberación nacional y permitir que se alcancen sus objetivos en la liberación y en el logro de la independencia. También se debe garantizar el derecho de los refugiados a retornar a sus hogares, en virtud de la Resolución Internacional 194.

Para lograr esos objetivos se deben dar ciertas condiciones, con las cuales el FDLP trata de remediar la situación interna mediante el dialogo amplio en el sentido de:

1.- Adoptar un programa político y crear una dirección nacional unificada y un gobierno de Unión Nacional.
2.- Revitalizar y reconstruir las instituciones de la OLP.
3.- Llevar a cabo una reforma nacional democrática que garantice el derecho de todos a participar en la toma de las decisiones, elecciones parlamentarias y concejales dentro de las organizaciones de la sociedad civil sobre la base de una ley electoral moderna, que propicie las condiciones de resistencia para nuestro pueblo en lucha, mantener el mutuo apoyo social y combatir la corrupción.
4.- Poner en vigor métodos y tácticas combativas que tomen en cuenta las condiciones y los cambios regionales e internacionales.
5.- Aplicar una política activa y equilibrada en el terreno de la propaganda y reactivar las relaciones exteriores con las fuerzas de la liberación, el progreso y la paz en la región del Medio Oriente y el mundo entero, llevando a cabo iniciativas políticas y diplomáticas apoyadas en las resoluciones de la ONU.

Relaciones Exteriores del FDLP
16 de noviembre del 2003

 

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