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El dólar sin la diplomacia
Por: Juan Dufflar Amel
13 de julio del 2011
 

Fiel a la intransigencia de su aliado Israel y con la prepotencia de “el que paga manda”, Estados Unidos amenaza a Naciones Unidas con suspender el pago de su contribución a la organización internacional, si la Asamblea General aprueba el reconocimiento al Estado Palestino.

En tal sentido, la embajadora norteamericana en la ONU, Susan Rice al referirse al 22 % del aporte de su país a los mil 800 millones de dólares del presupuesto anual del foro mundial, aseveró con total desenfado que no hay mayor afrenta a la entrega de esos fondos que el apoyo de los estados miembros a la existencia de un Estado Palestino, sin la anuencia de su Israel.

La Rice, respondía así a las gestiones de la Autoridad Nacional Palestina para presentar a la Asamblea General de Naciones Unidas, el próximo septiembre, la propuesta de reconocimiento del Estado Palestino, plasmado en la Resolución 181 del 29 de noviembre de l947, sin que su constitución llegará a materializarse.

La política exterior de Estados Unidos ha mantenido históricamente al dólar norteamericano como uno de sus más diligentes y eficaces embajadores ante los gobiernos y organismos de las diversas naciones del mundo.

La utilización de esta divisa como elemento de presión y chantaje a los estados para que se aceptaran sus dictados fue conocida durante muchos años con el eufemismo de “La diplomacia del dólar”.

El ejercicio de esta tipo de “diplomacia” presidió en múltiples ocasiones el apoyo directo de Washington a los golpes de Estado en países que no se sometieron a sus designios, o a la intervención militar directa yanqui, para imponer regímenes gratos a Estados Unidos o garantizar las fuentes de suministros de petróleo y otros recursos naturales y estratégicos foráneos.

El neoliberalismo salvaje entronizado en las últimas décadas por la potencia imperial y la protección de las multimillonarias inversiones de sus empresas transnacionales, le imprimió al dólar un carácter aún más beligerante, particularmente en las tratativas con los gobiernos de los países del Tercer Mundo.

La utilización de la insignia monetaria norteamericana no se limitó al campo económico, irradió la esfera política y abarcó dentro de ella una gama de acciones encaminadas a imponer la voluntad de la nación del Norte, todas contrarias a una diplomacia de paz, de no injerencia en los asuntos internos de otras naciones, de respeto a la autodeterminación de los pueblos y a los derechos humanos y civiles.

Sobre la no aplicación de esos preceptos por Estados Unidos puede ser escrito todo un voluminoso Tratado de la No Diplomacia.

Como una nueva expresión de la desfachatez con que el gobierno de Estados Unidos actúa en el escenario mundial, pretende hacer valer su cierto dominio administrativo en la ONU para evitar que la mayoría de sus 192 estados miembros se pronuncien a favor del Estado Palestino, dentro de la fronteras de junio de 1967 y con Jerusalén Oriental como su capital.

Pero en el substrato, la actitud de Washington va más allá de una simple cuestión de “pesos y centavos” es el respaldo incondicional a la terca negativa de Israel a ese reconocimiento, a abandonar los territorios palestinos ilegalmente ocupados, a cesar la construcción de cientos de asentamientos de colonos judíos en Cisjordania y al retorno de cerca de 7 millones de refugiados palestinos de la diáspora.

La falta de volunta política israelí y la amenaza del presidente norteamericano, Barack Obama, de vetar la propuesta en el Consejo de Seguridad de la ONU, continúan obstaculizando la solución del conflicto y niega los legítimos derechos y del pueblo palestino, que se mantiene aún como refugiado en su propia tierra.

 

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