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Las barbas sionistas
Por: Juan Dufflar Amel
4 de marzo 2011
 

Israel se encuentra en el vórtice del huracán de fuerzas populares que sacude al Oriente Medio.

La afirmación del primer ministro, Benjamín Netanyahu, ante la convulsa situación en la región de que “el ejército israelí está listo para cualquier eventualidad”, se aleja de sus primeras declaraciones sobre la rebelión que derrocó en Egipto al presidente Hosni Mubarak, y las airadas manifestaciones de protestas ciudadanas contra la monarquía en Jordania.

“Un terremoto sacude a todo el mundo árabe y a gran parte del mundo musulmán, y no sabemos todavía cómo van a terminar las cosas" fueron las palabras del premier sionista en la ceremonia de la nominación de su nuevo jefe de Estado Mayor, Benny Gantz, en la cual participó complacido el almirante, Mike Mullen, jefe del Estado Mayor conjunto de Estados Unidos.

Previo a sus belicosos pronunciamientos, Netanyahu asumió una actitud de cautela, además de imponer mutismo a los ministros del régimen sobre los acontecimientos en El Cairo y Amman, gobiernos que han sido sus aliados durante varias décadas y cuyos dirigentes prestaron valiosos servicios a Israel como mediadores en su cruento conflicto con Palestina. Sus primeras demandas se ciñeron a una eventual “transición pacífica y sin convulsiones” en Egipto y al “respeto a sus compromisos internacionales”.

Los temores de las autoridades sionistas se centran en que la caída de Mubarak de vías a una gran inestabilidad y crisis regional y a la llegada al poder de un gobierno de izquierda o de la ilegalizada Hermandad Musulmana, el mayor sector de oposición en el país, lista a organizarse en un partido político, o de grupos de jóvenes radicales, activos participantes en la rebelión, conformados, entre otros, por los insurgentes Movimientos 25 de Enero y 6 de Julio.

Tel Aviv avizora que tales acontecimientos tendrán implicaciones para su seguridad regional y para incitar a la anulación de los Acuerdos de Camp David, suscritos por el mandatario egipcio Anwar Al-Sadat y el premier israelí, Menahem Begin, en marzo de 1979, repudiados por los palestinos, por ser una confabulada traición a su causa, la principal del mundo árabe, y a la constitución de su Estado independiente con Jerusalén Este como capital.

La declaración del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas egipcias, que asumió el poder tras la caída del gobierno de Mubarak, de comprometerse a aplicar los tratados y los acuerdos internacionales, no tranquiliza del todo a los gobernantes israelíes, debido a la nueva correlación de fuerzas creada por los movimientos revolucionarios hostiles a Israel. Los miles de manifestantes en la Plaza Tahrir no solo exigían la renuncia de Mubarak, sino también proferían consignas antisionistas y de solidaridad con Palestina.

El control del Movimiento de Resistencia Islámico (Hamas) en la Franja de Gaza y la posibilidad de apertura del fronterizo Paso de Rafah, para el libre acceso palestino a Egipto, prohibido y controlado todavía por la actual Junta Militar, aumentan las aprensiones sionistas.

El fracaso de las últimas conversaciones directas de paz entre Israel y la Autoridad Nacional Palestina, por la renuncia israelí a suspender la construcción de asentamientos judíos en los territorios ocupados de Cisjordania y Jerusalén oriental, la continuada represión a la población civil, el asesinato de sus dirigentes y su bloqueo por aire, mar y tierra a la Franja de Gaza, no le es tampoco favorables.

El derrocamiento popular del Presidente egipcio, por más de 30 años un fiel y protegido aliado político y militar de Estados Unidos, que tanto perjuicio causó a la constitución de un Estado Palestino independiente, y las rebeliones y manifestaciones sin precedentes con las cuales las masas empobrecidas, oprimidas y sojuzgadas por gobiernos autoritarios en el mundo árabe, han hecho valer la fuerza de una determinación reafirmada en su consigna: “Vale más morir por algo, que vivir por nada”.

Se auguran grandes cambios en el Oriente Medio compulsados por las masas desposeídas de sus pueblos. Ellas demandan no solo pan, sino también la transformación de las estructuras políticas autocráticas y neoliberales. Ni Israel, ni su fiel aliado Estados Unidos, podrán evitarlas, aunque se empeñen en mediatizarlas. Esos cambios obligan a los sionistas a poner sus barbas en remojo.

 

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